sábado, 17 de diciembre de 2011

El registro del día en que la Tierra, giró en sentido contrario una noche.


Cuando antes de que con suficiente consistencia las horas lleguen a manifestarse a plenitud; cuando antes de que de tu respiración se halle en ese túnel oscuro que bien sabemos no es sino una estrella apagada, una moribunda concentración de energía atrayente que impide a todo cuántum de ella retraerse; cuando antes o después de que esos latidos tuyos hubieran filtrado ya cada gota de sangre en ese universo intangible pero concreto y visible a los telescopios atómicos, a los radares interestelares; cuando antes o después quizá, de que el imperceptible rumor de tu voz se haya solidificado en la forma de estalactitas para nuestras grutas y ríos subterráneos particulares; cuando antes de que una sigilosa, fresca, penetrante brisa precediendo al invierno consiguiera levantar un muro de Berlín entre la calidez de nuestros cuerpos; habrás antes, sido tú, y no andarás como el resto, de la noche al amanecer abocada a un sueño ligero o a una pesadilla profunda; sino que habrás contrarrestado al paso mismo de la noche, el planeta habrá girado en sentido contrario o el cielo desdibujando su más oscura espesura, para que quienes otras galaxias habitan, consigan verte correr como tú eres. 
Nos asfixiaremos, porque no utilizamos sistemas alternos de oxigenación; nos devoraremos, porque desconocemos de la quietud que acompaña al sometimiento del horizonte bajo la puesta en escena del sol naciente; nos mataremos entonces de una bocanada robada. Sabes que voy a robarte, y sabes que después, voy a matarte. Sé que vas a asaltarme día y noche. Y sé que vas a matarme. Dos asesinos dispuestos de espaldas sobre una helada plancha de anfiteatro o sala de disecciones. Dos asesinos contrapuestos: el uno boca abajo y el otro, espalda con espalda, boca arriba, ambos sobre el mosaico de un vestíbulo para la autopsia. Un careo sin escribano ni secretario de actas. Un contorno disuelto porque de las fronteras, nada escribible es ya. 
Ven entonces, entorna tu levedad para el instante. Porque sabes tanto como yo, que en cualquier momento, nos disolveremos con una marea de magma incandescente. O que simplemente, acontecerá la muerte sin que hayamos siquiera, sabido si vivíamos o acaso moríamos. Ven entonces, que hay letras no contenidas en grafología, lenguaje o notación alguna. Y que son sólo capaces, cuando es tu piel el mapa de sus insuficiencias, la cordillera para sus ascensos fallidos, la catarata para estrellarse. 

Sólo ven. 
A que te aguarde la muerte. 
Y mientras, vivimos un suspiro el uno del otro. 
¿Es que amanece ya? ¿Es que robaron de ti a la noche? ¿Es que la penumbra de un día nublado impulsó nuestros instintos hacia el desfiladero?

De tu planeta observaron, cómo es que en sus nanotecnológicos sensores se guarda el registro de que una noche, la Tierra giró en sentido contrario. 

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